martes, 4 de octubre de 2016

RESILIENCIA.

Colombia necesita un mártir. Un extremista que se acerque a él, lo abrace y lo haga volar en mil pedazos. -Pensé.

El Domingo 20 de Junio del año 2010 -después de haber sufrido la que fuera mi primera “gran” derrota política- tomé la decisión de renunciar a mi Ciudadanía Colombiana, estaba devastado moralmente, veía esfumar frente a mí, la posibilidad de tener a un presidente honesto, preparado -pero sobretodo- a un ciudadano convencido que la vida es sagrada y que con educación todo se puede. 

Desde Toronto, Canadá promoví y lideré la campaña del Partido Verde y por ende la candidatura de Antanas Mockus: matemático y filósofo a quien alrededor del mundo se le reconoce como una de las mentes más brillantes de nuestro tiempo, pero como nadie es profeta en su tierra -nosotros, los Colombianos- nos negamos la posibilidad de crear con él las bases sobre las cuales se podía construir un país menos peor.

Aquella tarde de domingo recuerdo el júbilo del Partido de La U; aseguraba con su victoria la continuidad de La Seguridad Democrática y, establecía claramente, quién controlaba el poder político en Colombia; una vez más miles de Colombianos nos quedábamos con el sin sabor de la derrota -pero peor aún- nos embargaba el desconcierto, la desazón y la ira, muchos no entendíamos porqué seguíamos negándonos la oportunidad de tener una patria menos boba.

Mi padre, algunas veces liberal, otras no muy conservador, me contó historias acerca de Luis Carlos Galán Sarmiento, hablaba de él con tanta admiración que parecía lo conocía muy bien, su rostro se iluminaba cuando me decía frases como: “Qué carisma tenía ese tipo Papi”, “Ese tipo sí hubiera podido cambiar a Colombia de verdad”, nuestras charlas sobre aquel prócer desafortunadamente siempre concluían con una frase así: “Ojalá hubieras visto tú cómo lloraba la gente cuando mataron a Galán” y remataba diciendo: “Esa vaina a mí sí me dolió Papi”.

Nunca entendí porqué en mi país lloraban por la muerte de un político, era entendible ver a la familia del difundo acongojada pero hasta ahí; los adjetivos que siempre escuché para referirse a ellos -los dirigentes- iban desde trampero, trolero, pasando por corrupto hasta ladrón, resultaba entonces casi que un chiste pensar en sentir desconsuelo por alguien de tan infame calaña.

Fue sólo hasta el 13 de Agosto de 1999 cuando entendí las palabras de mi padre; padecí lo que miles de compatriotas padecieron el día que asesinaron a Galán, a mis 19 años comprendí las historias que -con fervor y siempre con un final taciturno- me contó mi progenitor; aquel viernes 13 marcó mi vida, lo recordaré no sólo porque fue la primera vez que renegué por ser Colombiano, si no porque además mataron junto a Jaime Garzón, mis esperanzas de ver los frutos de un proceso de Paz con la guerrilla de las FARC-EP.

Curiosamente el asesinato de Garzón fortaleció mi pasión y por ende la búsqueda del bien común, la justicia social y quise como él, convertirme más que en un activista, en abogado para ser la voz de los más vulnerables, de los de ruana, de los de a pie; nunca terminé mis estudios de Derecho, pero siempre he llevado bien en alto las banderas que Jaime promovió, sobretodo, la de construir paz desde la educación, empoderando al individuo para que sea él, el artífice del cambio que desea para su sociedad, para que desde su metro cuadrado edifique la inclusión, la responsabilidad civil y ejerza -con perseverancia- sus Deberes y Derechos como ciudadano.

El pasado 2 de Octubre de 2016 fue el “Baby Shower” de quien será mi primogénita, estaba feliz pero a su vez muy ansioso, el domingo sería una fecha especial e importante, no sólo para mí si no para 48 millones de Colombianos dentro y fuera del país, traté de irme a dormir pero fue imposible, desperté cerca de las 4 de la madrugada y empecé a escribir, a eso de las 6 de la mañana había publicado un texto en honor a la Paz -jamás imaginé que horas después estaría deseándole la muerte a alguien- para mí era casi utópico pensar que los Colombianos cerrarían la puerta y dijeran al unísono -como leí en varias redes sociales- “Este Lote ni se vende, ni se entrega”; debo admitir que busqué el significado de la palabra “lote” en el diccionario, tratando de encontrar una explicación a la que a mi parecer era una burda comparación, creía que los partidarios del NO, una vez más estaban utilizando arengas relativas al Ubérrimo o al líder del hoy llamado Centro Democrático, pero estaba equivocado, según mi búsqueda, un lote es “Cada una de las parcelas en que se divide un terreno destinado a la edificación”, es decir, mi apreciación no estaba tan descabellada como pensaba.

El presupuesto anual de Colombia es casi 210 billones de pesos, del cual 30 billones son destinados a “defensa y conflicto armado”, es decir, casi el 18%, por otra parte dice sobre el papel que para la “educación” se destinan otros 30 billones de pesos, cifras que no se ven reflejadas en la calidad de las instituciones educativas alrededor del país, en ese orden de ideas, el “lote” del cual hablan algunos promotores del NO, no se está edificando; en el “lote” no hay un servicio de salud digno para gran parte de los Colombianos, al “lote” le sigue haciendo falta viviendas dignas para las comunidades más vulnerables, en el “lote” seguimos reeligiendo a los mismos corruptos que se roban el erario público, en el “lote” nos indignamos por una tragedia un par de días y luego en el siguiente puente festivo se nos olvida, a algunos habitantes del “lote” no parece importarles que en otras “parcelas” continúen sus vecinos viviendo bajo la zozobra y la incertidumbre; la verdad para mí Colombia siempre ha sido más que un paupérrimo lote; pero el domingo ante la negativa de no poder darle a mi hija el regalo del “SI” y, en la efervescencia del fracaso, desde lo más recóndito de mis entrañas anhelé que de una vez y para siempre, pasara algo que lo borrara de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve, para no verlo tanto, para no verlo siempre, en todos los segundos; en todas las visiones.

Me dolió tanto aquella noticia que, al llegar a casa lloré de rabia, de frustración, llamé a mi esposa y le dije: “No quiero que mi hija herede un país así, mi hija no se merece esto, no quiero que sea ciudadana Colombiana”, era tanta mi ira que preferí no comentar nada esa noche; he pensando una y otra vez y he llegado a la conclusión que muy a pesar de las diferencias políticas y los pensamientos radicales, el Colombiano ha sido, es y será un ser resiliente por naturaleza, y yo, que pude reponerme al triste final de las historias de Galán, al asesinato de Garzón, a la derrota de Mockus y, al triunfo de un ideal opuesto al mío, estoy seguro que seguiré luchando desde mi trinchera para educar a mis estudiantes, para construir país desde cualquiera que sea la plataforma que esté a mi alcance, no claudicaré hasta ver a mi país como merece estar, porque soy un fiel convencido que a quien no sabe, se le enseña, que la paciencia vence, lo que la dicha no alcanza; aunque a orillas del Caribe -hambriento- un Pueblo aún continúe su lucha.

P.D. Nunca renuncié a mi Ciudadanía Colombiana y mi hija tendrá la doble nacionalidad. 

Derechos Reservados ® Nicolás Marrugo Silva

martes, 27 de septiembre de 2016

El Guerrillero.

Siempre soñé con dejar atrás la cruz que la sociedad Colombiana había puesto a mis espaldas, anhelé día a día poder salir de una vez y para siempre de mi país; país que creía era la causa de todos mi problemas, el reflejo de mi cotidianidad, el motivo por el cual yo era -como él- un mal llamado tercermundista.
Trabajé y oré incansablemente para que se diera el milagro, para que lo imposible sucediera, para que mi vida al fin empezara a tener sentido, porque estando allí, en Colombia, todo era tan simple que nada parecía valer la pena, ningún sacrificio daba frutos, y si los daba, eran los mismo frutos que recogían mis compatriotas, quienes al parecer estaban resignados a quedarse allí, impávidos, inermes; permitiéndole a la monotonía que hiciera con sus vidas lo que se le antojara.

Cuando el esperado día llegó, pensé estar preparado para afrontar con ahínco mis sueños, empaqué más que una maleta, una vida, creyendo que allí, en mi magullado país, quedaría aquel lastre que cargué conmigo por tantos años de inconformismo y frustraciones.

Al llegar a tierras extranjeras todo era perfección a su máxima expresión, los rostros, los olores, los sabores, el tiempo y el espacio me hicieron creer que había llegado al paraíso, al oasis donde siempre quise estar, al jardín del Edén desde donde ahora podia impartir juicios de valor sin importar contra qué o quién, y fue precisamente ese mi gran error: creerme libre de pecado.

A mi alrededor todo era paz y aún así yo cargaba la zozobra de mirar hacia atrás al sentirme perseguido, cubría mi cuello para ocultar una ornamenta de oro que en ese tiempo era para mí una usanza infaltable en cualquiera de mis atuendos, por las noches evitaba caminar solo por calles oscuras, analizaba los rostros y ajuares de todo ser viviente que se atravesara en mi camino, me limitaba a bajar la cabeza en el Metro para no hacer contacto visual con ningún extraño, no podía asimilar los hábitos de los demás, criticaba las apariencias de todas y cada una de las personas que eran diferentes a mí, hasta que un día cualquiera me vi enfrentado a mis prejuicios y paradigmas: 

Yo veía a los transeúntes cruzar la calle por la zebra, no escuchaba a los conductores sonar las bocinas de sus vehículos a tutiplén, me sentía extraño al ver a todo el mundo sumergido en la lectura mientras viajábamos en el subterráneo y no tarareando un buen vallenato como lo hacia yo, cuando iba a mercar me creía astuto al colarme en la fila para pagar, siempre pensando: “esta gente si es muy pendeja”, en algunas ocasiones fui a tiendas de video juegos y como no había cámaras alrededor, terminaba robándome un juego sólo por no pagar miserables diez dólares.

El día que conseguí uno de mis tantos trabajos de supervivencia fuera de Colombia, donde no tenía estatus de Oficial de La Armada Nacional de Colombia o Profesor de la mejor institución de enseñanza de Inglés del país, empecé a darme cuenta que estaba en un lugar completamente distinto al que había querido, allí las personas de barbas tupidas y turbantes tenían descansos para orar hasta tres veces al día, pues según su religión era un deber, yo miraba aquello como injusto, puesto que todo aquel que fumara podía también salir cuantas veces quisiera a fumarse un cigarrillo, mientras yo -según ellos Mexicano- debía pensar si ir o no al baño.

Extrañé entonces los “privilegios” que tenía cuando era cabeza de ratón y no cola de elefante, reflexionaba sobre los días que tenía todo en el confort de mi casa, al alcance de mi mano y entonces todo aquello que creía eran sacrificios se convirtieron en un santiamén en privilegios, a los cuales jamás pude valorar mientras mi afán de huir del país acaparaba todas mis energías.

Debo admitir que la transición a la vida civil de mi nuevo entorno no fue nada fácil, cada día traía consigo un nuevo reto, un nuevo aprender, un nuevo interrogante, pero siempre, siempre, cada día dejaba una enseñanza, y fueron precisamente dichas enseñanzas las que me permitieron reinsertarme a la vida civil, paso a paso fui entendiendo que respetando las diferencias yo podía convivir con mi entorno y al mismo tiempo ser aceptado por él, empecé a comprar el boleto del tren en caso que se subiera el oficial de transporte -el cual casi nunca lo hacia- pero ya no viajaba con la zozobra de que si me lo pedían me iban a multar y mucho menos vivía con la satisfacción temporal que da creerse el más “vivo” de todos.

Cuando entregué las armas de mis prejuicios comencé a ver la belleza en las diferentes culturas que me rodeaban, ya no me parecían locos, marihuaneros, putas, terrorristas, rateros o homosexuales, cuando bajé la guardia -porque nadie me estaba atacando- comprendí que era precisamente aquella variedad la que hacía a aquel lugar lo que era, un verdadero paraíso -donde seguramente también existen serpientes embaucadoras- forjado bajo la identidad de miles, con respeto y lo más importante, sin prejuicios.

Todo cambió cuando yo decidí cambiar, las filas en los bancos, los buenos días al llegar a algún lugar, cuando cedía mi asiento a una persona que lo necesitara, cuando iba cruzando la carretera y esperaba en la orilla por la luz para proceder, cuando iba conduciendo y le cedía el paso al vehículo que necesitaba incorporarse a la vía, todo, todo en lo absoluto fue mejor, no sólo porque ya no miraba para todos lados cuando caminaba, sino también porque podía utilizar mi celular en el bus sin temor a que el “negro” sentando al frente mío me lo robara, todo empezó a ser menos caótico cuando yo me atreví a ser menos macho, menos racista, menos elitista, menos clasista, sólo era cuestión de empezar por mí, mi problema era yo.

Los días siguientes al acuerdo de paz conmigo mismo fueron turbulentos, pero con el pasar del tiempo dio frutos, ser bienvenido en cualquier parte donde iba fue una de ellas, no porque antes no lo era, sino porque ya no me sentía incomodo, me autodiscriminaba, me dejaba llevar por aquello que en mi país llamamos “Malicia Indígena”, desconociendo a su vez que nuestros hermanos mayores, las tribus indigenas son almas nobles, bondadosas y puras.

Reconozco que después que firmé la paz con el Yo que traje desde mi país -el que cargué durante tantos años y el cual me hacía pensar que el cambio debía venir de afuera- mi entorno dejó de ser conflictivo e irracional y se tornó en un verdadero territorio de PAZ, fue entonces cuando por fin pude darme cuenta que el Guerrillero era Yo, el que siempre se rehusó al cambio, el que testarudamente se creía poseedor de la verdad absoluta y desde aquí, hoy, en aras de la tan anhelada PAZ para mi país -Colombia- estoy firmemente convencido que allá, los guerrilleros somos todos. 

Derechos Reservados ® Nicolás Marrugo Silva

martes, 8 de diciembre de 2015

No era la Piragua de Guillermo Cubillos.


¿Por qué no reclamarán los euracas usurpadores al doctor Álvaro Uribe Vélez como propio también? -a ver si se lo llevan de una buena vez y para siempre de Colombia- Estoy seguro que es mejor botín de guerra que el mismísimo galeón San José, pues le recuerdo que Alvarito le ha generado más ganancias a España que el tesoro que yace en las profundidades del Mar Caribe; la venta de Telecom y el Banco Granahorrar entre los años 2005 y 2006 a Telefónica Internacional SA y al Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA) respectivamente, son una prueba fehaciente de la rentabilidad que obtuvo el capital español en nuestro país durante el gobierno del expresidente Uribe.

En esta víspera navideña tal parece entonces que, el San José del establo de Belén no es el único que está de moda. Con el “reciente” hallazgo de una de las embarcaciones de los inquisidores españoles, ha salido también a flote el deseo manifiesto del Gobierno de España por reclamar lo que según ellos les pertenece, es decir, que de ahora en adelante, usted y yo debemos tener claro qué, si somos víctimas de hurto, el pillo, está en todo su derecho de solicitar formalmente la entrega de lo que no pudo llevarse durante la comisión de su delito.

Pareciera que aún estuviéramos para jueguitos de indios y conquistadores, donde Pedro entra por su casa haciendo y deshaciendo a su gusto, y el criollo muy tieso y muy majo abre sus ancas para rendirle pleitesías a  los menesteres cleptómanos del patrón.

Hubiera preferido para el otrora mítico y legendario galeón un final más macondiano -como lo soñó Gabo, como lo anheló Florentino Ariza- un final donde los tesoros del naufragio pasaran uno a uno a manos de Fermina Daza, la quimera inmarcesible del erótico escribano.

Y es que lo rumores van más allá del Realismo Mágico de García Márquez, pues en nuestro país, la realidad supera a la ficción, jamás hubiese imaginado un lugar más adecuado para erigir el museo que llevará el nombre de la recién avistada embarcación que no fuese Cartagena, aunque al parecer existe la intención de trasladar las reliquias a la ciudad capital, claro está, imagino que allá llevará por nombre algo así como Museo San José de los Santos, en honor al granuja que se hace llamar presidente de lo que fuera en aquel entonces La Nueva Granada.

En medio de semejante algarabía por el descubrimiento del galeón San José, sólo espero que no vaya a parar a la Zona Franca de Jerónimo y Tomás, donde tendría, claro está, un trato excelso en cuestión de aranceles portuarios, teniendo en cuenta que la mal conocida Madre Patria, tiene una gratitud inmensa con la familia de El Gran Colombiano, o en el peor de los casos tocará solicitarle a la corona británica protección contra los usureros españoles nuevamente, reconociendo que fueron precisamente ellos, los piratas ingleses, quienes nos permitieron el honor de quedarnos con el oro y la plata proveniente del Perú en aguas colombianas.

A no ser que a la señorita Laura se le dé por organizar una pollada con los recursos que le han de pertenecer a su país y, a través de su presidente Humala se los soliciten al oligarca y pacifista de Juan Manuel Santos, reconocido a nivel mundial por su capacidad de ceder, no solo millas náuticas a otros países, sino también por costear vacaciones con todo pago a militantes de grupos terroristas.

Menos mal el San José no era la piragua de Guillermo Cubillos, que bogaba hacia las playas del amor mientras era seguida por un ejército de estrellas y, cuyo único rugir fue la melodía de una cumbia, cumbia que a pesar de los embates usureros de los españoles, hoy por hoy perdura como un patrimonio intangible precolombino empotrado en la cultura histórica del vasto Caribe Colombiano.

Derechos Reservados © Nicolás Marrugo Silva.